ATENCIÓN E INTERVENCIÓN CON VÍCTIMAS DE ESC Y TRATA DE PERSONAS

La fundación Munasim Kullakita rescata y ayuda a más de 200 víctimas. Muchas veces, cuando las niñas vuelven a sus hogares son rechazadas por sus familias

Es de noche, parecen las 19:00, pero ya son las 23:00. Y es que el día y la hora no importan en la calle 5 de la zona 12 de Octubre de El Alto. En el lugar, hay casas de dos pisos, de tres y de cuatro, donde se instalan vendedoras ambulantes, quioscos, farmacias, discotecas y alojamientos. Allí dentro hay mujeres que ofrecen servicios sexuales, pero también adolescentes y niñas desde los 10 años que son víctimas de explotación sexual y trata; las más pequeñas son más valiosas, son “carne fresca”, son “sanitas”.

Aunque parece que todo está perdido, un “batallón de ángeles” trabaja para salvar a las víctimas de explotación sexual de los lenocinios y de las calles. Este equipo forma parte de la fundación Munasim Kullakita que, con el apoyo de Educo Bolivia, ha ayudado y ha brindado atención integral a más de 200 niñas, adolescentes y mujeres rescatadas de la trata. La más pequeña de las niñas acogidas tenía 11 años, pero había sido rescatada cuando tenía 10; lo que significa que fue sometida a la explotación sexual incluso antes.

Las niñas que son víctimas de esta situación sufren además el rechazo, la adicción, las enfermedades e ingresan al círculo vicioso de la explotación sexual. Ahí abandonan toda esperanza.

“Creen que nadie las va a defender porque su familia las abandonó. Creen que nadie se preocupa por ellas”, dice Ricardo Giavarini, director de la fundación Munasim Kullakita.

En los lenocinios de la zona 12 de Octubre, los clientes fomentan y son cómplices del delito. Niñas y adolescentes son forzadas a tener relaciones sin protección por 80 o 100 bolivianos. Esto las vuelve altamente vulnerables a contraer alguna Infección de Transmisión Sexual (ITS) o embarazos no deseados. Por una niña “sanita” (palabra que designan a las que no tuvieron relaciones sexuales), los hombres pagan un precio más alto: 700 bolivianos.

Según la fundación, vivir en situación de trata puede generar adicciones en las víctimas: alcohol, drogas y clefa, por ejemplo. “Lo más común es que las dinámicas de comercio sexual estén relacionadas al consumo de alcohol, y les puede dar recaídas”, lamenta Ariel Ramírez, subdirector de Munasim Kullakita. Es que las adolescentes, en los lenocinios, son obligadas a consumir alcohol junto a los clientes.

“Las niñas que viven en situación de calle son las que inhalan clefa (pegamento usado como alucinógeno), dicen que es para repeler el asco”, explica Ramírez. Pero el constante consumo también provoca en ellas adicción y un deterioro en su salud física y mental.

“Las niñas y adolescentes en situación de calle pueden hacer pieza hasta por comida. Por ejemplo, hay clientes que les dicen: ‘te lo voy a pagar el hotel esta noche’, y ellas acceden”, detalla Ramírez.

Página Siete visitó el hogar y conoció a Renata, una joven que fue rescatada de las calles de El Alto. Ella cuenta que en la Ceja aprendió a beber alcohol, hizo amigas que “volaban” (inhalaban clefa) y tenían relaciones sexuales o robaban para alimentarse y pagar sus vicios. “Ellas hacían pieza (tenían relaciones sexuales) con hombres, eran viejos. Yo pensaba ‘cómo pueden hacer eso, nosotras tenemos edad para ser sus hijas y me daba asco’”, dice.

Para Lorenzzo Leonelli, director nacional de la fundación Educo Bolivia, los tratantes “son personas que sacan a la víctima de su contexto, la llevan a un lugar nuevo, donde la vulnerabilidad aumenta. “Son raptadas o siguen a su novio. En este caso, si bien no se procede de forma violenta, hay también un abuso psicológico, donde el único ser que ellas conocen es el que se aprovecha de su vulnerabilidad”, dice. En muchos casos las niñas del oriente son trasladas al occidente y viceversa.

La difícil reinserción familiar

“Cuando la víctima después de un periodo vuelve a su casa, hemos visto que sufre rechazo de su familia. Como que está manchada, le preguntan ‘¿con quién has estado?’ Hay el estigma, pierde el derecho de volver a la familia”, expone Leonelli. Recalca que esa es una característica común entre las víctimas de trata y tráfico que son reintegradas con la familia.

“Hubo un caso donde se trabajó bien con la niña y la familia nuclear, pero se dejó de lado la familia ampliada y ellos fueron quienes, cuando la niña retornó a su casa, le cortaron el cabello, le fajaron los senos y le cambiaron la ropa. Con la excusa de que llamaba la atención de los hombres en la casa y de que ellos corrían el riesgo de caer en la red de ella”, recuerda Ramírez.

A partir de esa experiencia, ahora la fundación trabaja incluso con la familia ampliada de las niñas. “Mientras más las excluyas, existe la amenaza de que se arraigue la situación”, concluye.

Otro de los fenómenos que la fundación registra es cómo el familiar se convierte en el causante que induce a la víctima a la explotación sexual.

Marisol, una joven que fue rescatada, recuerda con amargura que su mamá le pegaba y le reprochaba que no aportara dinero a la casa. “Mi hermana mayor salía todos los días. Me llevaba a conocer chicos y sacarles dinero. Yo no sabía de los riesgos, pensé que era normal estar con hombres”, dice ahora.

“Viven en violencia familiar. La calle llega a ser un espacio más seguro que la familia. Hay adolescentes que salen con la idea de rehacer en la calle un ambiente más protector. Ahí el cuerpo llega a ser un medio para ganar plata o para poder satisfacer necesidades básicas. La violencia sexual comercial es una de las expresiones más oportunas para sobrevivir”, dice Giavarini.

Y es que seis de 10 chicas en el país viven en familias desestructuradas por problemas económicos y se convierten en las víctimas de la explotación sexual.

HISTORIAS DE VIDA

La mamá de Marisol la buscó después de 13 años.

Marisol: “No sabía que lo que mi mamá me pedía era malo”

Marisol (nombre ficticio) vivió con su tía hasta los 13 años. A esa edad, un día como cualquier otro, su mamá tocó la puerta de la casa. Llegó con el discurso de perdón y con la propuesta de restablecer los lazos familiares.

“Me propuso viajar a la ciudad de Oruro, para conocer a la familia de ella ahí. Pensé que era ida y vuelta, pero no volví más”, recuerda. Al principio, Marisol tenía la idea de convivir con su familia, pues tampoco quería molestar a su tía, quien ya era mayor de edad y tenía familia propia.

Recuerda que pasaron pocos meses hasta que su mamá perdió la paciencia, la pegaba y le reprochaba que no aportara dinero a la casa. “Mi hermana mayor salía todos los días. Ella me llevaba a conocer chicos y sacar dinero. Yo no sabía de los riesgos, pensé que era normal estar con hombres”, explica siete años después.

Recuerda que por el “trabajo” que realizaba llevaba dinero, pero no se acercaba al monto que su hermana entregaba a su mamá.

“Mi hermana se perdía, no llegaba a dormir, pero mi mamá no le decía nada porque llevaba más dinero. Una noche no llegué a dormir, me fui a la casa de una amiga, cuando volví mi mamá casi me pega, pero le di más dinero que mi hermana y ya no dijo nada”, cuenta.

Su mamá era cocinera, relata Marisol, pero de ella solamente recuerda la violencia que vivió a su lado. “Me golpeaba e insultaba , pero ya no quería seguir en lo mismo, así que busqué un empleo como mesera en un restaurante. A fin de mes mi mamá iba a la pensión para cobrar mi sueldo”, cuenta con detalle hoy, después de años de reinserción en la fundación.

Un día, sin dinero ni ropa, un día después de salir del colegio, Marisol decidió escapar de la casa de su mamá en Oruro, tomó una flota rumbo a La Paz y le contó todo a su tía, quién la recibió. “Después de un tiempo, una tarde tocaron la puerta de la casa. Era mi mamá, con funcionarios de la Defensoría, me querían llevar”, recuerda con pesar.

Ese momento Marisol denunció todo lo que había sufrido con su mamá en Oruro y fue trasladada a la casa de acogida de la fundación Munasim Kullakita.

Tiene 19 años, pero habla con la madurez de alguien de más de 50 años. Ha sufrido violencia familiar, ha visto morir a mucha gente y ha presenciado el prejuicio hacia las personas de la calle. Cuida a sus dos hijos con mucho celo porque quiere darles un futuro diferente al que vivió.

Es Renata (nombre ficticio), quien llegó a vivir su adolescencia en la Ceja de El Alto. “Mi mamá me pegaba, me llamaba ‘hija de …’. Mi hermana decía que me sacaron del basurero, que no era de la familia, llegué a pensarlo de verdad. Por eso, un día me escapé de casa, a los 11 años”, cuenta ahora, con cierta desconfianza.

En las calles de la Ceja, aprendió a beber alcohol, hizo amigas que “volaban” (inhalaban clefa), tenían relaciones sexuales o robaban para alimentarse y pagar sus vicios. “Ellas hacían pieza (tenían relaciones sexuales) con hombres, eran viejos. Pensaba ‘cómo pueden hacer eso, nosotras tenemos edad para ser sus hijas y me daba asco’”, cuenta mostrando repulsión.

“Ellas no tenían problema. A veces sus parejas les decían que vayan a conseguir dinero, que vayan a buscar hombres. Yo tenía mi chico, me sugería lo mismo, decía ‘¿por qué no vas como las otras chicas? Discutíamos porque no podía creer lo que me pedía”, recuerda.

Un día fue vendida por su propio novio a un hombre. Ella escapó. “Era la menor de mi grupo, mis amigas me cuidaban mucho. Una vez me ofrecieron droga, pero mi compañera, que ya murió, no permitía que yo consuma esas cosas y ella lo hacía por mí”, cuenta.

“Mi segundo chico fue atrapado y lo llevaron a Qalauma (centro de reinserción social para menores de edad que han cometido algún delito), días después me enteré que estaba embarazada. Tenía 15 días”, comenta. Ese día, Renata decidió que debía cambiar, por su hijo. No quería abortar. “Él no tiene la culpa de nada”, explica.

Cuando entró al Hogar de Munasim Kullakita, lo único a lo que le temía era volver a ver a su mamá. “Me escondía hasta por debajo de la mesa”, explica. Aún así, la volvió a ver.

“Me reprochó, me pidió que abortara, dijo que me iba a ayudar. Tenía cuatro meses, no la escuché”, dice la joven que ya cuenta con un pequeño capital y sueña con ser estilista.

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